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lunes 4 de mayo de 2009

EL SÉPTIMO SELLO

El padre Víctorino hizo sonar su silbato. El recreo de aquella tarde sumergida en el veranillo de San Martín había terminado. Tres cuartos de hora, cuarenta y cinco minutos, ni uno más ni uno menos, corriendo tras un balón plastificado marca Yes, y disfrutando, como si en ello nos fuera la vida, del partido que a diario y durante todo el curso del 62 jugaríamos quinto A contra quinto B.
La cancha de juego era compartida por varios cursos a la vez, y lo habitual era encontrarse bajo los palos de las porterías, descascarillados por el tiempo, varios porteros, el de primero de bachiller, el de segundo… , y así hasta llegar a sexto. Lo mágico era que todos distinguíamos nuestro balón, a nuestros adversarios y a nuestros compañeros de equipo. Era un caos controlado por el azar, un bullicio y un griterío enorme, donde los tonos de las voces, indicaban bien a las claras quién había comenzado el bachiller y quién estaba a punto de concluirlo.
Agotados, sudorosos y sedientos nos acercábamos a la puerta de acceso del aulario. Allí se erguía la figura alta, seca, severa y rígida del padre Víctorino. Allí estaba él, embutido en su desgastada sotana, que un día fuera negra, con las manos apoyadas en su faja, mirándonos a través de sus gafas y dejándonos bien a las claras que su miopía era para él un motivo de orgullo. Dio dos palmadas, e inmediatamente formamos dos filas paralelas. A continuación, y como almas en pena, comenzamos a subir las escaleras que conducían a nuestra clase, a la clase de quinto de bachiller especialidad ciencias.
Durante el trayecto, siempre en silencio, nos comunicábamos mediante gestos y muecas. Los zapatos gorila pateaban con mimo la línea quebrada de las escaleras de forma armónica, casi militar. El quejido de alguna baldosa suelta y el leve murmullo de los últimos de las dos filas que escapaban al control autoritario del padre Víctorino iban desplazándose hasta las primeras posiciones.
El aula estaba cerrada. De uno de los bolsillos laterales de la sotana el padre Víctorino sacó un manojo de llaves, eligió una, la correcta, ni un solo día del curso había errado en la elección. Abrió, esperó a que nos sentáramos y con acento clerical, no exento de autoridad ordenó. “Guarden silencio y empiecen a estudiar. Aquel a quien llame la atención se quedará sin cine”
¡Sin cine! Aquello más que una amenaza me sonó como el mayor aliciente. Aquel curso, el del 62, y con el fin de dar un soplo de modernidad al colegio, se había creado un Cine-Forum. Sin darnos cuenta, sin apenas digerirlo, habíamos pasado de ver a Emilio y los detectives y pedir a gritos una de dibujos animados de la factoría Hanna Barbera, a un ciclo de Ingmar Bergman, y con un aliciente añadido, las chicas del colegio hermano de las Escolapias compartían la novedad.
Había dejado señalada la hoja de los problemas de Matemáticas con la sipnosis de la película, El Séptimo Sello. No hice caso a las ecuaciones logarítmicas pendientes, me concentré en la portada del libelo explicativo: “Ingmar Bergman El Séptimo Sello un lienzo medieval transportado a la pantalla”. Debajo de la leyenda, la imagen de la muerte encarnada por Bengt Ekerot. Luego a modo de tablero de ajedrez, en cuadros negros y blancos las fotografías de los protagonistas y sus papeles en la película. Max Von Sydow “el Caballero”, Bibi Andersson “Mia”, Gunnar Bjornstrand “el Escudero”, Nils Poppe “Jof”, Inga Landore “la Esposa”. Le di media vuelta y lo dejé sobre la página anterior a las ecuaciones logarítmicas. Escribí una en el cuaderno y me puse a resolverla. Recordé: “Suma de logaritmos igual al logaritmo de un producto. Este 1 traidor lo tengo que cambiar por el logaritmo de diez”. De nuevo la vista se me fue al argumento “Un caballero medieval y su escudero regresan a casa tras combatir en las Cruzadas, encontrándose en su camino con un paisaje devastado por la peste y el fanatismo religioso. El caballero sustenta una lucha interna marcada por diatribas metafísico- religiosas, manteniendo para ello una ingente disputa con la muerte, ejemplificada en una larga partida de ajedrez”. De nuevo di la vuelta al folleto. “Ahora entiendo lo de la distribución de imágenes a modo de tablero de ajedrez”.
Terminé los ejercicios, justo en el momento en que el padre Víctorino ordenaba recoger. Gracias a Ingmar aquella tarde libramos de rezar el Rosario. “Señores – dijo con voz de tenor -, espero que sepan comportarse y, por favor no se sienten sobre los reposabrazos de las butacas y apoyándose en la pared. Sean educados”. En fila bajamos al salón de actos, las chicas ya estaban sentadas. Ocupaban la parte derecha de la sala. La izquierda totalmente vacía nos esperaba. Paseamos por el estrecho pasillo que separan ambas partes entre risas entrecortadas y miradas de curiosidad. Aquel día comprendí el significado del refrán “Juntos pero no revueltos”.
Antes de apagarse la luz, mi mirada se cruzó con la de una adolescente de melena castaña y ojos grandes y bonitos, apuré mi mirada hasta el infinito para distinguir el color de sus ojos, pardos, me parecieron pardos. Era la chica ideal, allí estaba ella envuelta en su uniforme azul con el cuello blanco y con una sonrisa que me enamoró al momento. Bajé la mirada, y por el rabillo del ojo divisé sus calcetines blancos. “¡Dios, son los más blancos qué he visto en mi vida!”. Intenté hacer un recorrido de abajo a arriba, pero resulto imposible, la luz se apagó. Sobre la pantalla apareció un sinfín de puntos y rayas acompañadas por una música descompasada, que indicaba, bien a las claras que la velocidad del proyector no era la ideal. Luego, los créditos, y luego…
No me importaron, en absoluto, los problemas metafísicos del Caballero, ni su partida de ajedrez con la muerte. Deseaba vehemente que de una santa vez, la muerte le diera jaque mate. Ingmar, Von Sydow, Nilss Poppe, Bibi, o Inga Landore me importaban un rábano, sólo quería que la película terminara de una vez y ver a mi chica, a la de los ojos pardos, a la de los calcetines inmaculados y zapatos el Gorila. El Dies Irae y los penitentes me sobrecogieron, por un momento olvidé a mi chica. Ingmar había ganado, de momento, la batalla al amor, pero les puedo jurar, que sólo fue momentáneamente. Luego, con mi chica de ojos pardos, uniforme azul con el cuello de puntilla, calcetines blancos y zapatos del Gorila, subimos juntos hasta el número 67 de Vara de Rey.
LA BOTELLA DE LAS DOS CARAS

La luna, en su máximo esplendor, contemplaba a través de una ventana la marcha de la partida de dominó que diariamente jugábamos el Abuelo, Vicente, Iñaki el pastor y yo. El ruido de las fichas al golpear la mesa de mármol rompía el silencio y la tranquilidad de la noche amenizada por ladridos lejanos. “Ese perro de ladrido ronco es el mastín de Julián, ¡menuda fiera!. Hoy con esta luna no habrá un Dios que se acerque, ni tan siquiera, a la cerca del caserío. ¡Causen Diosla! Un día se me echó encima y casi me mata. Gracias a Julián. No sé cómo puede tener una alimaña así en casa. Cualquier día ocurrirá una desgracia.”
El pastor golpeó la mesa con la ficha uno doble a la vez que decía: “Menos cháchara y más al juego. ¡Cierro! ¡A contar!”. En ese preciso momento la luna llena proyectó sobre el suelo de la taberna una sombra enorme. Vicente interrumpió su cuenta. “¡Quieto ahí! – sus compañeros de partida nada entendían - ¡No cruces la puerta! ¡Juré a tu padre qué jamás te dejaría entrar a este bar! Así que no des ni un paso más.”
- Tío, necesito ayuda.
- ¡Ni una peseta! ¡No te daré ni un duro para esa mierda!
- No quiero dinero. Necesito que alguien me tienda una mano para que pueda salir de esta ciénaga.
- Estás ahí porque quieres – dijo con cierta dureza -. Apúntame catorce. Venga a revolver – esta vez se dirigió a sus amigos de partida –. Además – prosiguió -, ¿Quién se va a acercar a la mierda? Todo el mundo se aparta en cuánto la huele.
El “Peti”, un mocetón de un metro noventa y cien kilos de peso, permanecía de pie en la misma puerta del bar; despeinado, pálido como la cera, con los ojos abiertos y las pupilas completamente dilatadas, sucio y deslustrado respiraba con dificultad presa de una inusitada ansiedad. “Tío, tengo que hablar con usted, por favor ayúdeme. Si le sirve de algo, le diré que desde hace casi seis meses no me “meto” nada”.
- Pues por las pintas que traes nadie lo diría – El “Peti” hizo ademán de entrar. Vicente lo detuvo con un juramento seco y brutal que se estrelló contra las paredes de la taberna. “Tío, no puedo respirar, me voy a morir. Ayu…”. No pudo terminar la frase, la mole de cien kilos se desplomó, el golpe contra el suelo sonó brutal. La luna llena no quiso contemplar la escena, se escondió tras una nube espesa y negra.
Vicente, el pastor y yo salimos corriendo hacia la puerta, El Abuelo permaneció sentado, quizá contando las fichas de dominó. “Venga metámoslo al bar” – dijo el pastor. “Iñaki, ¡Por mis muertos! Juré a mi hermano que este cabrón no pisaría el bar y por estas que lo cumplo” – Al decir esto, Vicente se besó los dedos pulgar e índice y escupió contra el suelo.
- ¡Causen Diosla! Pues aquí no lo vamos a dejar – insistió el pastor.
- Llevémoslo a mi casa – dije intentando dar por zanjada la discusión.
- ¡Abuelo! – gritó con fuerza Vicente – Diga a Pello que baje a buscar al médico y que suba a casa del poeta.
El “Peti”, al volver en sí, abrió los ojos intentando recordar qué es lo que había sucedido y dónde se encontraba; intentó incorporarse del sofá sobre el que le habíamos tumbado, pero fue inútil. De cada poro de su cuerpo manaba una gota de sudor frío y apestoso. La ansiedad se había apoderado de su cerebro y balbucía palabras incoherentes e incomprensibles para nosotros. Inesperadamente y con un movimiento brusco y violento se puso de pie, nos miró a los tres como si no nos conociese de nada. “Quiero irme. El cinturón me espera, me lo dicho la botella”.
- ¡Causen Diosla! Este chaval está como una cafetera, la droga le ha dejado la sesera hecha puré – sentenció el pastor
El “Peti” lanzó un alarido que acalló a todos los perros de Santa María, que con sus ladridos reclamaban de nuevo la presencia de la luna. Entre los tres no podíamos sujetarlo. El pastor optó por la solución más rápida, le propinó un fuerte puñetazo que dio de nuevo con el “Peti” en el sofá en el que le habíamos acostado. Vicente se sentó en el borde de la cama, y con una mirada lo dejó como hipnotizado. “Anda tranquilízate”. “Tío, quiero que me crea. Hace más de seis meses que no me meto nada en el cuerpo; pero, hay otra cosa que me está volviendo loco”. “Calla, descansa, y mañana me lo cuentas”. “¡No! ¡Tiene qué ser ahora! Mañana no habrá tiempo”.
- ¿Cómo que no habrá tiempo? ¿Qué es ese miedo que tienes? – preguntó Vicente.
- Hace seis meses que me ocurrió, me asusté tanto que desde entonces, como ya le he dicho, no he probado la “mierda”. Aquel día iba bien servido, antes de bajar a la capital me había metido unos cuantos chutes. Luego ni me acuerdo de lo que hice, ni dejé de hacer. Al llegar a casa me encontraba fatal, eché las potas o los hígados; no sé, ni en aquel momento me importó. Al final me fumé una china que tenía guardada en la mesilla de noche. Me entraron unas ganas enormes de comer algo dulce; así que fui a la alacena que hay en el descansillo de las escaleras. Abrí la puerta, y allí se encontraba ella, esperándome.
-¿Quién te estaba esperando? – le interrumpió su tío.
- La botella de las dos caras.
- ¿Qué botella de dos caras? – preguntamos a coro.
- Una botella con dos caras, una era la de un hombre llorando y la opuesta la de una mujer riendo. La cara de hombre comenzó a hablar entre sollozos. La mujer reía sin parar. Eran las de mi difunto padre y la de mi madre.
Iñaki y yo nos miramos. El pastor fue a hacer un comentario jocoso sobre la salud mental del muchacho. Con un gesto le hice desistir. Vicente se volvió hacia mí buscando una explicación a todo esto. “Es un caso normal dentro del mundo de los alcohólicos y drogadictos, Es una crisis de delirium tremens. Con una cura de desintoxicación se supera” – dije como si yo hubiera vivido la experiencia.
El “Peti” prosiguió – La cara de mi padre me contó como se suicidó con un jodido cinturón con la hebilla de plata. Mientras narraba su muerte la cara de mi madre no cesaba de reír y de gritar: “Ninguno de los dos ha servido para nada. Tú, como tu padre eres carne de horca”. Sé que entre mi madre y yo le fuimos minando la salud. Al conocer que yo estaba metido en el mundo de las drogas hasta el cuello, y los adulterios constantes de mi madre, se volvió loco. Abría la puerta del armario y se ponía a hablar con el cinturón, con el jodido cinturón de la hebilla de plata. Yo, cuando venía totalmente colgado, le tomaba el pelo. “¿Cómo se encuentra hoy su amigo? – le preguntaba – Y él me respondía inocentemente: “Tenías que haberle visto, los agujeros de la correa me contestan a coro y el pasador se mueve como si de la lengua se tratase”. Cuando mi madre le abandonó, tomó la fatal decisión, la noche de ese mismo día se ahorcó, abajo en la cuadra, con su cinturón de hebilla de plata.
La cara de mi madre no cesaba de reír y provocarme. “Anda busca el cinturón del falso de tu padre, te espera el mismo futuro, la horca”. En un gesto de ira, hice la botella añicos, pero los trozos de la cara de mi madre seguían hablándome y provocándome – Vicente le interrumpió – No te preocupes, jamás encontrarás el maldito cinturón. El día que descolgamos a tu padre, me juré que aquel maldito cinturón no ahorcaría a nadie más. Lo enterré con el cuerpo de tu padre.
- Eso no puede ser. Mire en ese armario.
Vicente se levantó abrió la puerta del armario, cuyas puertas eran dos grandes espejos, y apareció vacío. Se giró hacia nosotros y luego habló a su sobrino. “Ya te había dicho que el cinturón ya no existe, está bajo tierra”.
- ¡No! ¡Le digo qué no! ¡He hablado con él! ¡Tiene que estar ahí! ¡No estoy loco, sé lo qué digo!
Los tres nos acercamos a tranquilizarlo, pero de un empujón nos apartó con violencia, Vicente y el pastor cayeron al suelo, y yo fui a dar contra la pared. Salió corriendo como alma que lleva el diablo, intentamos seguirle, fue imposible. Cogió el camino del Calvario y se adentró en el bosque de hayas.
Vicente fue en su busca, el pastor y yo regresamos al bar para intentar organizar una batida. El abuelo aún permanecía con la mirada fija en las fichas de dominó, sin levantar la cabeza de la mesa sentenció: “No hay nada que hacer. Ha pasado lo que tenía que pasar. Cada uno tenemos escrito nuestro destino. ¡Jodido chaval!”
A las seis de la mañana cuando el sol se asomaba por la última haya, nos encontramos con Vicente sentado al borde de un camino que serpenteaba entre los árboles, agotado, totalmente abatido. ¿Qué pasa? – le preguntó el pastor. “Nada. Ha pasado lo que tenía que pasar” – Con el dedo índice nos señaló la dirección de un vivo reflejo. Allí estaba el “Peti” colgado del cinturón con la hebilla de plata.
LOS CALCETINES ASESINOS

Sentado en una de las banquetas de la cocina, tatuado con esa expresión de agotamiento del recién levantado, el codo apoyado sobre la mesa y la cabeza reposando sobre la palma de mano, intentaba contar los infinitos giros, a diestro y a siniestro, que el tambor de la lavadora ejercitaba a ritmo de aeróbic. Totalmente hipnotizado, con la mirada puesta sobre el ojo de buey de la máquina no presté ninguna atención a la salida del café; a pesar de que la cafetera, una de esas de toda la vida, me avisaba lanzando al espacio bocanadas de vapor.
Un calcetín, a punto de quedar sumergido bajo una ola espumosa, cruzó una mirada conmigo; no sé, a ciencia cierta, si pidiéndome auxilio o maldiciéndome por haberle metido en aquel artilugio rotatorio. Tuve que apartar la mirada. Me levanté a retirar la cafetera del fuego y me serví un café, sin perder de vista a la lavadora, mirándola de reojo, a hurtadillas.
Deposité dos cucharadas de azúcar y, como un autómata, comencé a dar vueltas al ritmo que me marcaba la lavadora. De entre la espuma surgió una camisa de cuadros rojos y verdes, retorcida por los continuos giros. Las arrugas le daban un aire de ferocidad terrible y los ríos de agua que discurrían por ellas se asemejaban a las babas de las fieras que tienen a su presa al alcance de sus fauces. En un décima de segundo se tragó al calcetín. La escena me sobrecogió, apuré el vaso de café con el fin de recuperarme, pero nada, seguía allí, hipnotizado esperando el final del lavado.
Me pareció oír un grito de auxilio, un sinfín de calcetines nadaban en ayuda de su hermano. Rodearon a la camisa, y se lanzaron a un feroz ataque mordisqueándola sin parar. Un relé se activó originando un salto del programa de lavado. El nivel del agua y espuma fue bajando a medida que la electroválvula de achique ejecutaba su labor. El programa de lavado acababa de llevar a cabo su penúltima operación, el motor se aceleró, la lavadora parecía intentar saltar, yo seguía con la mirada fija en la puerta transparente y circular de la lavadora. El tambor comenzó a girar dejando ver a través del cristal de su ojo de buey un amasijo de ropa de distintos colores. Los calcetines guerreros habían desaparecido, quizá devorados por la camisa de cuadros rojos y verdes.
Recordé la fórmula de la fuerza centrífuga: “La masa por la velocidad al cuadrado partido por el radio de giro”. “He ahí un ejemplo práctico de la jodida fuerza”- me dije – mientras seguía sin apartar la vista de la lavadora. El centrifugado había actuado como fuerza de paz entre los calcetines y el resto de la ropa de color. Al cesar el secado, un calcetín herido de muerte cayó sin vida desde la parte superior del tambor de la lavadora hasta el fondo del mismo. Allí, inmóvil, agotada por el fragor de la batalla permanecía la maltrecha camisa de cuadros rojos y verdes, apenas se inmutó. La colada había concluido.
Me levanté de la banqueta como un robot, deposité el vaso de café en el fregadero. Luego, abrí la puerta de la lavadora para sacar la ropa y tenderla en la terraza a la espera de un secado perfecto. Un olor, mezcla de aromas de suavizante y detergente biodegradable, se adueñó del umbral de mi sentido del olfato y del habitáculo de la cocina. A ciegas, intentando dar con la camisa de cuadros rojos y verdes palpe entre la ropa húmeda, la textura del tejido me indicó que ya era mía. Intenté sacarla, no pude. Probé de nuevo, fue imposible. Me agaché hasta la misma boca de carga para ver cual era el problema, justo en el momento en que mi cabeza se adentraba ligeramente en la cavidad de la lavadora, el ejército de calcetines negros, marrones y azules se abalanzó sobre mí pegándose a mi rostro como verdaderas sanguijuelas. A manotazos traté de quitármelos, fue imposible. Totalmente histérico emprendí, a lo largo del pasillo, una vertiginosa carrera, arrancándome de mi cara los malditos calcetines y estrellándolos con violencia contra las paredes del corredor.
Al llegar a la puerta de acceso al piso caí sin sentido y desangrado, un calcetín marrón me había clavado sus incisivos en la yugular.

domingo 29 de marzo de 2009

El hombre anónimo

EL HOMBRE ANÓNIMO

Me enteré de su nombre por las noticias necrológicas. Por aquel entonces, yo, tenía la sana costumbre de empezar a leer el periódico por la página de las esquelas necrológicas – y todavía, hoy en día, la sigo manteniendo -. No por lo morboso que pueda resultar en sí, sino, porque en la ciudad en la que residía, un buen entierro y el posterior funeral eran considerados actos sociales importantes, y además - según la categoría del finado -, rodeados de gran boato.
Situada en la esquina inferior izquierda de la página cuarenta y dos del periódico local, la esquela era discreta y anónima. Allí, limitado por un recuadro negro luto riguroso, figuraba su nombre – Cristino Hospital Expósito -, y su edad - sesenta años -. No había símbolos religiosos ni aparecía el latiguillo ése de: Habiendo recibido los Santos Sacramentos. ¡Me quedé asombrado!. Toda una vida residiendo en la misma calle y era como si en aquel instante lo conociera por primera vez. Hubiera jurado que aquel hombre callado y triste carecía de nombre. Tanto para mí como para todos los vecinos, él, siempre había sido el marido de Catalina la Coja.
Sus apellidos – Hospital Expósito – delataban que Cristino – el marido de Catalina la Coja – era un inclusero. Un hombre anónimo que aterrizó en este mundo - porque los hombres como él, no nacen, aterrizan -, sabiendo que sólo estaba aquí para sufrir, y esto que es tan duro y difícil de llevar, lo había asumido desde el día de su nacimiento, llevándolo con infinita paciencia y resignación. Cristino llevaba esta cruz en sus andares, eran los pasos típicos de costalero, y al verlo caminar, daba la impresión que sobre sus hombros descansaban perennemente las andas del santo Job. La timidez escondida tras las dioptrías de sus gafas. Su vergüenza envasada al vacío en el interior de su cuerpo y cerrada a rosca por una boina negra, demasiado chica para el tamaño de su cabeza, y de la que jamás se desprendía hiciese frío o calor, Muchas veces pensé al verlo, que quizás, le llevaron a la pila bautismal con la misma boina. A pesar de todo, tenía aire de cierta dignidad, esa dignidad que suele dar el querer pasar desapercibido.
Jamás le conocí trabajo alguno. Los vecinos comentaban: unos, que como caballero mutilado de guerra cobraba una pensión del Estado, y de eso vivía la familia. Otras que tenía dos pensiones: una la de herido de guerra y otra por haber combatido en Rusia con la División Azul. El caso es que, llevaran razón unos u otros, la pensión debía ser tan pobre, que yo siempre había conocido a Catalina la Coja trabajando en aquello que saliera: hoy cosiendo para otros, luego asistiendo casas y alguna vez yendo a la fábrica de fideos o mazapanes, según la temporada. Una mujer, que a pesar de su invalidez, jamás había hecho ascos a ningún trabajo.
La madre naturaleza colmó al matrimonio con tres criaturas: una niña y dos varones; los niños gemelos e igualitos como dos gotas de agua. La hembra, pronto se hizo mayor, demasiado pronto. Se podría decir que no tuvo ni infancia ni adolescencia. Un día, de repente, apareció por la calle una mujer, una mujer, guapa y orgullosa, demasiado guapa y orgullosa como para vivir en esa calle y pasar calamidades. Cristino lo tomó con naturalidad, era algo que estaba escrito y debía suceder, y él desde su anonimato, no quería ni podía intervenir.
La muchacha se trasladó a Bilbao a servir, sin embargo, las malas lenguas afirmaban que estaba haciendo la carrera en la Universidad de la Palanca a la sombra de la calle San Francisco. Muy de tarde en tarde regresaba a visitar a sus padres y sus hermanos, eso sí, cada día más hermosa. Durante su estancia brillaba como una verdadera actriz. Luego las visitas se fueron demorando, hasta que al cabo de un año sin aparecer por la calle se presento con una criatura. La dejó en casa de sus padres y ya no volvió a aparecer. Nada de esto influyó en la conducta del marido de Catalina la Coja. Él, siguió camuflado en su anonimato, escondiendo la vergüenza bajo su boina negra y chica, y la timidez bajo sus gafas de miope. Todo estaba escrito y lo único que podía hacer era asumirlo en silencio, y hablarlo a solas con Dios en un rincón oscuro de la concatedral.
El nieto fue un soplo de alegría en el hogar de Cristino. Fueron tiempos felices. Pero una vez más el destino le jugó una mala pasada. Una tuberculosis galopante le arrebató a la criatura de sus manos. La madre, aquella escultural mujer, ni apareció en el entierro. De la boca de Cristino no salió ni una blasfemia, ni una maldición, ni tan siquiera un lamento, sencillamente era otro eslabón más de la cadena que le ataba a su anónima vida. Pero él, continuó hablando con Dios en aquel oscuro rincón de la concatedral, se había consumido otro capítulo más del libro de su vida.
Nadie en la calle soportaba a los hijos varones de Cristino, eran dos verdaderos delincuentes. Yo, intentaba hacer memoria y no recordaba haberlos visto sobrios ni un solo día en los últimos años. A pesar de ser jóvenes – rondarían los veinte y pico – eran carne de presidio. Pero el marido de Catalina la Coja, o no quiso, o nada pudo hacer por evitarlo, estaba escrito y eso a él le bastaba. Había pasado de ser el marido de Catalina la Coja, a ser el padre de los hijos de Catalina la Coja, Ver a sus hijos ebrios continuamente se había convertido par él en mera rutina.
La noche cayó como un hacha sobre el tajo. Todo quedó sumergido bajo un cielo raso y salpicado por cientos de estrellas. En silencio la escarcha y el frío fueron adueñándose del espacio lo que hacía presagiar, sin riesgo a equivocarse, que esa noche caería una gran helada. Se oyó un gran alboroto en la calle.
El frío era intenso

Los gemelos se gritaban y otro grupo de alborotadores les increpaban sin parar. Se hizo un silencio, la luz blanquecina de la luna hizo brillar el filo de la navaja que uno de los hermanos blandía en su mano izquierda. Los espectadores se quedaron paralizados por un momento, sólo por un momento, porque el alcohol saca de nuestro interior la bravuconería que tenemos bien oculta. Así que continuaron incitándolos a la pelea. El otro gemelo no se amedrentó, también sacó su navaja. Miró desafiante a su propio hermano. El duelo estaba servido, se amagaron con las puntas de sus navajas, comenzaron un baile mortal. La luna contemplaba la escena desde el infinito a la espera del desenlace final. En plena danza se oyó un juramento estrellarse contra el suelo: ¡Me cagüen Cristo nuestro Señor! La voz de Cristino, el anónimo perfecto, tomaba un papel estelar en el drama que se estaba escenificando. El silencio se adueñó de la calle. La luna iluminaba la escena, los alborotadores se habían convertido en simples mimos. Nadie se atrevió a decir palabra alguna. Allí estaba Cristino, en medio de sus dos hijos, en medio de todos y de la nada, siendo el centro de atención y por primera, vez en su vida, protagonista de un más que macabro espectáculo. Sin mediar palabra y camuflado tras sus gafas de miope sacó una navaja barbera y se asestó un tajo en la yugular. Cayó al suelo lento, ingrávido, envuelto en un chorro de sangre, y allí permaneció cubierto por la escarcha y tapando su vergüenza con aquella boina negra demasiado chica para su cabeza, hasta que el juez ordenó el levantamiento del cadáver. Así me lo contaron días después del suceso,
En la esquela no figuraba hora del funeral. Eran tiempos oscuros en los que los suicidas no tenían ni derecho a ser enterrados dentro del cementerio. No estuvieron ni su hija ni los gemelos, sólo Catalina la Coja y un grupo reducido de vecinos. Junto a la tapia del campo santo en una tumba anónima, tal y como vivió, reposan los restos de Cristino Hospital Expósito.

martes 25 de marzo de 2008

NUNCA MÁS


MI VECINA

A través del tabique,
que nos separaba
oía tus risas
Tu pasión
Sus promesas de amor
Sus besos
Su tos
Con el tiempo:
A través del tabique,
que nos separaba
Sentí tu miedo
Tus lloros
Tus lágrimas
Tus lamentos
Su puño sobre tu cara
Sus amenazas
Sus maldiciones
Sus juramentos
Hasta aquel día
que dijiste basta
Si aquel día
Llamaste a la puerta de mi casa
Gemías
Llorabas
Temblabas
No por los golpes de tu cara
Sino por las heridas de tu alma
Y mientras te abrazabas a mi cuerpo
Buscando comprensión y consuelo
Entonces
A través del tabique
Que nos separaba
De nuevo
escuchamos
la voz de tu amante
Rogando tu vuelta
Oímos
Una a una
Sus mentiras
Sus disculpas
Sus traiciones
Pero tú, ya
No oías nada
habías dicho basta




POR SER MUJER


Todo terminó
cuando por la última rendija
de tu cuerpo abierta
se escapó tu alma
junto al silencio.
Llenando la calle
de gritos, murmullos y lamentos
Porque él, el varón:
Jamás asumió
que estuvieras orgullosa
de sentirte mujer y esposa
Que le plantaras cara
Que dijeras basta
Que le abandonaras
sin lloros
Que fueses denunciante
y no denunciada
Que lo dejaras
y no te dejara
Que caminaras por la calle
con la cabeza alta
Así que…
carcomido por el odio y los celos
Un buen día
de su interior extrajo
su lado más violento
y sin más
planeó su venganza
Se erigió
en juez y parte
Te declaró culpable
Te sentenció a muerte
Y en la puerta de tu casa
con la frialdad del verdugo
decidió ejecutarte
Así que…
Todo terminó
cuando por la última rendija
de tu cuerpo abierta
se escapó tu alma
junto al silencio.
Llenando la calle
de gritos, murmullos y lamentos

sábado 26 de enero de 2008

Un relato para los enfermos de Alzheimer

LA ENFERMEDAD DEL OLVIDO

“De pronto me encontré despierta junto a tu padre. Algo, una extraña sensación, acababa de interrumpir mi sueño. El amanecer ni tan siquiera había comenzado a desemperezarse y ni una gota de luz pasaba a través de la persiana de la ventana Miré el reloj, marcaba las cinco de la mañana. Angustiada, me incorporé sobre la cama, aguanté la respiración e intenté orientarme en la oscuridad del dormitorio, pero el desasosiego y el miedo me vencían por momentos. No podía más, algo estaba pasando y no sabía el qué. Oí unos ruidos que provenían de la cocina. ¡Mi madre! ¡Algo le pasa a mi madre! Me dirigí hacia la cocina: Allí me la encontré, encorvada sobre el fogón, con su viejo chal de lana negra cubriendo sus descarnados hombros, allí estaba, tal y como había hecho durante toda su vida, preparando el café para toda la familia. Sólo, que aquel día, mejor dicho aquella noche, el tiempo le había jugado una mala pasada y no eran las siete y media de costumbre, tan solo eran las cinco y todavía la noche no había emprendido la retirada. Tu abuela, al notar mi presencia, retiró brevemente la vista del puchero, con el café a punto de hervir, y como si un extraño le hubiera invadido su intimidad me preguntó: ¿Quién es usted? Así me dijo: ¿Quién es usted?
¡Madre, pero no…! No pude continuar hablando, la cogí del brazo, la senté en una de las banquetas de la cocina y juntas y en silencio nos tomamos el café. Sólo nos mirábamos, yo intentando adivinar qué era lo que estaba sucediendo y ella intentando regresar no sé a qué destino. Aquel silencio se me quedó grabado en el fondo de mi corazón. Fue el primer síntoma; la enfermedad del olvido había atrapado a tu abuela, y a mi acababa de robarme a mi madre. A partir de ese momento todo fue muy rápido.
Fueron los primeros indicios de la enfermedad del olvido, y cuando ésta te elige como víctima, ya no hay escapatoria posible, ni tratamiento que la haga más llevadera. Sólo cabe esperar, para que la agonía dure lo menos posible, y así, de este modo, las caricias no se tornen gritos, el amor odio y la desesperación nos haga desear que todos dejemos de sufrir pasando la página definitiva”.
Mi madre me había contado esta historia cientos de veces con las mismas lágrimas, ya secas, de aquel día y de la misma forma.
De vez en cuando la abuela intentaba transformar en palabras los recuerdos atrapadas en la telaraña de su memoria, balbuceando e intentando formar frases que resultaban rotas e inconexas. Poco a poco dejó de hablar. Luego, nos interrogaba con esos ojos azules hundidos en las profundidades y menguados por la distancia, preguntándonos, y preguntándose, quiénes éramos y qué hacíamos a su alrededor. Al momento, sus ojos se empequeñecían, y su mirada azul se desvanecía tornándose fría y turbia, y, así, de esta forma regresaba a la compañía de la enfermedad del olvido.
Un buen día durante la comida – recuerdo que era verano y el calor era sofocante -, sus ojos se clavaron en un punto del infinito, y con voz grave, áspera y solemne dijo: – “Fue el 24 de Agosto, San Bartolomé, miércoles para más señas. Bien pronto se presentaron. Apenas había amanecido cuando, casi, a golpes tiran la puerta. A culatazo limpio sacaron a mi marido de la cama y a mi pobre hijo de su alcoba, ni les dejaron vestirse, en paños menores los sacaron a la calle. ¡Dios, cómo me miraba mi hijo! ¡Adiós madre! - me dijo con lágrimas en los ojos –, y ya no los volví a ver. Ni tan siquiera sé dónde están enterrados”.
Nos quedamos sorprendidos, no había articulado palabra en años y de pronto soltaba aquel parrafazo. Me dio la sensación de que el recuerdo del asesinato de mi abuelo y tío le habían estado atenazando la memoria, y que aquel día, un día de verano con cuarenta grados de temperatura se liberó de pronto Cuando habló, sus ojos volvieron a brillar con un azul intenso mezcla de odio y de indignación. Por un momento, pareció tener delante a aquellos hombres que a culatazos arrastraron a su hijo y marido al paredón y con la vista les decía: ¡Por mucho que me ocurra jamás os perdonaré y por mucho que viva nunca lo olvidaré! Fue un espejismo, al segundo se queda mustia, y de nuevo su mirada se queda fija y ajena a cuanto acontecía. Sólo unos leves susurros que intentaban contestar a las preguntas que desde aquella madrugada del veinticuatro de Agosto se había hecho miles de veces, y que sin haberse dado cuenta, el silencio y el luto le habían respondido de una vez por todas.
A partir de entonces deambulaba, como una alma en pena, por el pasillo de la casa repitiendo sin cesar: “Fue el 24 de Agosto, San Bartolomé, miércoles para más señas. Bien pronto se presentaron. Apenas había amanecido cuando, casi, a golpes tiran la puerta. A culatazo limpio sacaron a mi marido de la cama y a mi pobre hijo de su alcoba, ni les dejaron vestirse, en paños menores los sacaron a la calle. ¡Dios, cómo me miraba mi hijo! ¡Adiós madre! - me dijo con lágrimas en los ojos –, y ya no los volví a ver. Ni tan siquiera sé dónde están enterrados”.
Durante meses, siguió sin parar con su cántico de muerte, con sus salmos dolorosos y fúnebres, acompasando con su cuerpo semejante letanía. Luego, sus palabras se fueron haciendo incomprensibles, luego se transformaron en gemidos y por fin de nuevo el silencio. El 24 de Agosto, miércoles, día de San Bartolomé, cuando apenas había recorrido medio pasillo se derrumbó, sus ojos brillaron con ese azul intenso que le había acompañado hasta que la enfermedad del olvido la atrapó en sus redes. Su mirada se encontró con la nada.
Mi madre al oír el golpe del cuerpo contra el suelo se sobresalto. Salió angustiada de la cocina, se la encontró moribunda sobre la tarima por la que tantas veces había arrastrado sus agotados pies. Con todo el cariño del mundo, le levantó la cabeza, pero únicamente pudo oír su perenne balbuceo “… Ni tan siquiera sé dónde están enterrados

miércoles 23 de enero de 2008


ATENTADO EN EL ATENEO

Abril había visitado la ciudad exhibiendo todo su amplio repertorio de lluvias, a saber: calabobos o sirimiri, serenas, torrenciales, tormentosas, con y sin granizo, asociadas a rayos, truenos y relámpagos o sin asociar, intermitentes, perpetuas, de las que te hacen mirar al cielo para ver si para de una vez y algunas más que no figuraban en catálogo. Pero en los últimos días se hicieron acompañar de un viento que jugaba a su antojo con los paraguas, convirtiéndolos en un estorbo insufrible y haciendo del caminar un verdadero suplicio.
Ver desde los balcones del Ateneo como el ventarrón se cebaba con los viandantes que desembocaban por la calle del Cristo al Muro del Carmen era un espectáculo único y gratuito. Agazapado bajo la hornacina que cobija la imagen de la Crucifixión, Eolo esperaba a su víctima y con un soplido volvía sus paraguas o les frenaba en su intento de proseguir su camino, arrancando juramento a unos y sonrisas a otros. Pero nadie resultaba indiferente a las bromas del dios del viento.
Allí, en medio del caos del tráfico, entre chirridos de frenazos, bocinazos de impaciencia y el chapoteo de los neumáticos sobre el asfalto mojado surgían imponentes, serenos, bellos y ajenos a tanto ajetreo, el Sagasta, el palacio de Los Chapiteles y las torres gemelas de San Pedro y San Pablo de la concatedral de Santa Maria de la Redonda, que, con la lluvia, habvenerables contemplaban impávidos las idas y venidas, las prisas y los devaneos de homían adquirido un brillo especial. Así, con la autoridad que da la edad, como ancianos bres y mujeres que, temerosos a la lluvia y al viento, intentaban ponerse a buen recaudo.
Las lV Jornadas de Poesía en Español fueron presentadas con modestia pero con dignidad. Por el salón de actos del Ateneo pasarían algunos firmantes de la “Carta de los Diez” como Raúl Rivero y María Elena Cruz Varela declarados poetas malditos por el régimen de Fidel Castro, perseguidos, encarcelados y exiliados de Cuba.
Mayo entró con buen pie. Por fin aparecieron los cielos claros y temperaturas de ensueño. El sol, ante la incredulidad de los ciudadanos, que no habían abandonado del todo sus prendas de abrigo, retiró de un plumazo las persistentes lluvias, y terrazas de bares y cafeterías se vieron concurridas por parroquianos adictos a la buena conversación, al café o a la cerveza. La ciudad recobraba la alegría y las puertas del verano parecían entornarse.
El taco de mi calendario de mesa empezaba a equilibrarse y sin apenas darme cuenta estaba girando en el sentido contrario a las agujas del reloj a la hoja número nueve. Leí las notas que con anterioridad había escrito, con una letra totalmente inteligible, en el anverso de la página diez: A las 20 horas en Ibercaja conferencia sobre los niños superdotados. A las ocho de la tarde, en el Ateneo IV Jornadas de Poesía en Español, Raúl Rivero. Teatro Bretón, Compañía Nacional de Teatro Clásico, La dama boba de Lope, ocho y media. A las once fuegos artificiales en la Playa del Ebro, décimo aniversario del U.R
De nuevo releí las cuatro citas y comencé una deducción lógica de eliminación. Los fuegos artificiales jamás han sido santo de mi devoción, lo de los niños superdotados lo veo interesante, pero hoy no estoy para temas serios. Raúl Rivero, Raúl Rivero… eliminado. Por tanto, unos criancitas en Laurel y a escuchar el verso de Lope, luego a casita que mañana es día de escuela.
Siguiendo mi instinto me encaminé con tiempo hacia la Laurel. Ascendí por la acera de los números impares de Duquesa de la Victoria, dejé a un lado la Glorieta del Doctor Zubía y por el ala sur del instituto Sagasta cruce a Muro de la Mata, llegué a Bretón de los Herreros, y en el cruce con Gallarza, en el antiguo Tívoli, me encontré con unos viejos conocidos, gente del mundo literario, gente de muy distinto pelaje, escritores noveles, novelistas consagrados, vividores del cuento y del relato, poetas en ciernes, poetas estrellas, poetas a punto de estrellarse, poetas que nunca verán el cielo, amantes del ripio y de la rima, promesas incipientes, autores teatrales, eternas promesas de la literatura y una mujer extraordinariamente hermosa, de las de no pasar inadvertida, pero que me costaba relacionarla con aquel grupo de virtuosos de la “pluma”.
- ¿Dónde va el maestro? - me preguntaron a coro y con cierto retintín.
- Al Bretón.
- ¿Tan pronto? - me inquirió una de las promesas perennes.
- Bueno antes…
- ¡Nos tomaremos unos vinos! - respondió todo el grupo al unísono.
- Y el grupo alternativo a la literatura ¿Qué hace por estos pagos?
- Enseñarle a Constanza el paraíso en el que olvidamos nuestras penas - respondió el novelista consagrado.
- Constanza éste es Javier, el viejo profesor - comentó el vividor del cuento con cierto sarcasmo y haciendo las veces de presentador oficial.
- ¡Ah! Pues lo veo joven para tal menester - dijo con una sonrisa y con un acento sudamericano, que perfectamente lo utilizaba como arma de coqueteo.
- No creas, para otros menesteres hace tiempo que perdió la juventud - contestó de nuevo la eterna promesa del verso.
- ¡Serás cabr…
- No se enoje profesor. Sólo es envidia - me socorrió, enseñándome sus dientes perlas y su sonrisa caribeña.
- Bien, yo ya os he dicho a dónde voy, pero vosotros no habéis soltado prenda -.Esperé la respuesta, pero sin saber como me encontraba en el Ángel y el poeta consagrado pedía a gritos unos vinos y unos champiñones.
- Primero al anciano - dijo el que se las daba de autor teatral poniéndome el plato humeante de champiñones delante mismo de mi cara.
Cogí uno y se lo ofrecí a Constanza. “¡Cuidado esto abrasa!”. Ella entorno sus labios dejando una pequeña abertura por la que envió sobre el hongo achicharrante un soplidito, mezcla de brisa marina y especia. Se me erizó el vello de todo mi cuerpo. Me lo cogió al tercer soplido, mientras yo, sin poder evitarlo, notaba que mi cara iba transformándose en la de un perfecto idiota.
- Vamos todos al Ateneo, viene Raúl Rivero. Lo presenta nuestro “amigo” A.M.G ¿Por qué no te animas? - comentó a mis espaldas el “gurú” del grupo - Constanza se viene, mejor dicho tiene que estar obligatoriamente.
- ¿Y eso?
- Es su correctora.
- ¡Joder, con la joven! - pensé
- Además es preciosa ¿no? – me dijo el capo al oído
- Preciosa. De verdad, guapísima – y esto lo dije en voz alta y mirándole a sus ojos calor melaza.
- Gracias profesor - y lo de profesor me sonó a quiero acostarme contigo.
- Soy un viejo verde- pensé, mientras me bebía de un trago el vino aburrido de tanta conversación tonta.
Tras un ronda vino otra y luego otra y otra y…: Hasta que una joven promesa de la novela con más conocimiento que ninguna otra perdona de aquel dispar conjunto aviso: “Si queremos oír a Raúl, tenemos que ir para el Ateneo.
Llegamos cuando A.M.G hablaba de María Elena Cruz Varela y su lucha encarnizada en busca de la libertad de expresión en Cuba. Raúl Ribero permanecía sereno afirmando con movimientos de cabeza cuanto decía A.M.G sobre el régimen castrista. “Fue fundadora del grupo opositor Criterio Alternativo y precursora del Carta de los Diez, que también firmó Raúl - , y este de nuevo asintió -. Entre sus obras destacan: Afuera está lloviendo, El ángel agotado y Voces contra el miedo. La fecha de nacimiento no la vamos a decir. Doy la palabra a Raúl Rivero”
- Buenas Noches… y comenzó a desgranar con su voz melosa, engomada, rota por el tabaco, sereno, elegante:
Yo no le quedo bien a mi ventana
no le ajusto
porque perdí mi lucidez de acequia.
No quisiera estar triste
Y sin embargo
Pájaro medieval que adivinó el futuro
baile violentamente sobre el filo del hacha

En ese instante hizo una pausa y dirigiéndose a su correctora le pidió un vaso de agua. Constanza regreso con un botellín de plástico empañado por el contraste de temperaturas y cuando se acercó al atril para dárselo sonó un grito entre el público: “Soy un agente castrista, mueran los disidentes” y sin más descerrajó su arma contra Raúl, era la eterna promesa de la poesía.
Constanza, la mulata de dientes de perla y ojos de melaza paró con sus cuerpo los seis disparos, cayó inerte, su aliento de brisa marina y especie se torno en vómito negro
Miré a la derecha y a la izquierda para tratar de situarme. No sabía dónde estaba. Pronto recuperé la lucidez
- Vaya sueñecito se ha echado usted. Hasta le he tenido que dar con el codo, empezaba a roncar. Bueno esto ha terminado. Hasta la próxima
Los aplausos, bajadas y subidas de telón continuaron durante un buen rato, La dama boba había sido un éxito. Avergonzado, aproveche un momento de descuido de mi compañera de asiento y salí a la calle. Crucé el Espolón por delante de la Delegación de Gobierno y me dirigí Duquesa de la Victoria hipnotizado por los ojos color melaza de Constanza y recitando de memoria Pasión de Sísifo:
“La piedra no es la misma. Yo ya no soy el mismo…”